Domingo 28 de abril de 2019, 5:30 a.m. Animados por la aventura y la pasión por la historia, la arqueología y la antropología, nos enrumbamos junto a los profesores puertoplateños Eddy Peña y Adriano Rivera, el Dr. César Estrella Bruzzo, el arquitecto Víctor Franco Cabrera y Rafael Eduardo Espinal Durán hacia Pozo Amarillo, en la provincia de María Trinidad Sánchez, para conocer una caverna con petroglifos y pictografías aborígenes.

Poco antes de la vía de acceso a la playa La Entrada, manejando desde Puerto Plata, doblamos a la derecha, entrando por un camino de caliche hasta la comunidad de Pozo Amarillo, donde ya nos esperaban los lugareños que nos servirían de guías hasta la cueva, visitada previamente por la arqueóloga Diana Peña Bastalla y su padre, el profesor Eddy Peña, pero hasta ahora no reportada en círculos académicos.

La cavidad subterránea, creada por la disolución de la caliza, se encuentra en una propiedad privada en una depresión parecida a un cenote, pero seco, cubierta de vegetación y raíces que la hacen imperceptible para los que desconocen de primera mano su existencia. De su fauna se destacan los murciélagos y los guabás y de su flora hongos y plantas que germinan producto de las semillas defecadas por los murciélagos. Su eje es norte-sur, su entrada mira hacia el oeste y tiene al menos tres galerías de gran altura, con maravillosas estalactitas, estalagmitas, coladas, gurs, columnas y cornisas de piedra, algunas tan grandes que dificultan el tránsito en algunas zonas. En su galería vestibular encontramos una roca de más de ocho pies de altura con el petroglifo de un chamán o behique con un ave en la cabeza, representación poco frecuente en el arte rupestre aborigen de la isla, acompañado de otros dos petroglifos: el primero, una figura que parecería tender una red y que a sus pies tiene un pez, y el segundo que aparentaría representar al personaje de Macocael, vigilante de la cueva de Cacibajagua –de la que surgió la población de la isla- en la mitología taína.

En sus paredes aparecen tres pictografías: una bandada de aves, una figura humanoide con los brazos desgonzados y otra figura que parece danzar, tal vez en un estado de trance, producto del ritual de la cohoba.

La figura del petroglifo que luce tener una red y un pez evoca sin dudas la vinculación del asentamiento aborigen del lugar con el mar; justamente, en la cercana playa de La Entrada, al abrirse una zanja para la construcción de una pared en su vía de acceso, aparecieron recientemente fragmentos de cerámica estilo chicoide en cierta cantidad, lo que confirma este aserto. De su lado, el ave en la cabeza del behique representa la transfiguración de este personaje en un ser alado y su desdoblamiento corporal a partir del rito de la cohoba para el contacto con los espíritus. El verlo nos hizo recordar las fotografías de nativos norteamericanos de Edward S. Curtis de principios del siglo XX, en las que aparecen con aves amarradas a sus cabezas, una sugerente evidencia del manejo de similares códigos interpretativos de la naturaleza y la espiritualidad entre los aborígenes de América del Norte y los de Centro y Suramérica, que dieron origen a su vez los habitantes prehispánicos del Caribe.

La cueva de Pozo Amarillo, de un indudable carácter ceremonial como lo evidencian sus atrayentes petroglifos y pictografías, amerita ser estudiada por los especialistas en el área para develar su significado mágico.